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EL PATRIARCADO COMO INSTITUCIÓN ANÓNIMA

noviembre 25, 2016

EL PATRIARCADO COMO INSTITUCIÓN ANÓNIMA

Comencé este texto pensando en hablar sobre el patriarcado como una institución que nos acuerpa.

Algunas de las cosas las hablo desde la experiencia personal y otras por lo que observé del comportamiento humano en América Latina.

Y cuando comencé a escribir, me dí cuenta que mi abordaje era mucho más amplio del que pretendía en un primer momento.

Me dí cuenta que el patriarcado como fenómeno social, puede ser visto también como una institución acuerpada por Seres que no cuestionan, sino transitan apenas como medio aceptable de expresión, es decir, se dejan arrastrar por esa voz anónima perteneciente a una cultura en decadencia.

También me dí cuenta que estamos tan poco acostumbrados a cuestionar lo que a simple vista pareciera evidente, que se nos pasa por alto siquiera plantearnos su veracidad.

Lo cierto es que al perder nuestra conexión ancestral con el todo, diluyéndonos en partes, olvidamos lo que en verdad somos en esencia.

De modo que en América Latina perdimos la conexión con el origen, así que nos toca volver a la raíz y encontrar nuestro Ser no condicionado por las estructuras de una sociedad que te limita, te prohíbe y te cohíbe.
Así que lo importante es volver a nuestro ser auténtico, y para ello, necesitamos cuestionarnos sobre lo que no somos, es decir, sobre las cosas que el patriarcado nos impuso.

Al comenzar a preguntarnos y a plantearnos las alternativas que tenemos, y con ello, conocernos y reconocernos como Seres íntegros, surgen por añadidura las respuestas acordes a lo que en verdad sentimos.

Estas respuestas son únicas y no responden a ninguna ideología, ni filosofía, sino a las necesidades intrínsecas de nuestra propia alma.

Al encontrar estas respuestas, debemos atrevernos a incorporarlas en nuestra vida, con el riesgo de ser incomprendidos, juzgados y criticados.

En algún momento también nos surge la necesidad de compartir lo descubierto. Con suerte, encontraremos a quien sepa escucharnos y comprendernos. De lo contrario, deambularemos como bichos raros hasta que logremos encontrar quien nos comprenda.

Y cuando esto sucede, nos damos cuenta que no estábamos tan locos como suponíamos. Que hay más personas que también se cuestionaron las mismas cosas y que creen en otras posibilidades.

De modo que asumimos el derecho a transitar esa posibilidad, es decir, animarnos a conquistarla, aun sabiendo que estamos yendo contracorriente. Si esta necesidad surge a raíz de un momento de rebeldía, eventualmente ésta tendrá que desaparecer para que podamos avanzar.

También cabe la posibilidad de que nos gane la tentación de vanagloriarnos. Y pueda que lo hagamos por un tiempo, hasta que la vida se encargue de recetarnos la humildad necesaria para no detenernos en nuestro propio idilio.

Porque eventualmente lo comprendemos: lo asumido es siempre mucho menor que lo que falta aún por conquistar. El camino emprendido no tiene nunca fin. Sea cual sea el que escojamos.

Mirar hacia atrás y enorgullecerse por lo conquistado es distraerse de lo que falta por recorrer.

Cada uno va a su paso, y no sirve apurar ni esperar al resto. Cada uno a su ritmo. Nos podemos acompañar en un trayecto, pero el camino siempre es único y solitario.

Quitándole la carga a “solitario”, porque hay una fuerza especial que surge cuando se está sólo y que no ha sido suficientemente explorada.

El solitario puede profundizar más fácilmente en sí mismo, si así se lo propone, ya que no tiene un único grupo en el cual refugiarse.

En ese sentido, la soledad te exige con mayor ímpetu el conocerte, ya que se vuelve un acto de supervivencia. Al no tener la comodidad de un grupo que te diga lo que tenés que pensar, decir y cómo actuar, necesitás averiguarlo por vos mismo.

Por otra parte, el grupo favorece a alimentar el mecanismo de la proyección, pues continuamente se recurre a ver lo negativo en el otro, sin apenas darse cuenta que es fiel reflejo de uno mismo.

Además, te brinda la comodidad de siempre tener a alguien a quién echarle la culpa. Te saca de mirar hacia adentro para mirar hacia afuera. Y si mirás mucho lo que hace el otro es que le estás huyendo a verte a vos mismo.

Porque el otro apenas te está mostrando algo que te rehusás a ver en ti. De modo que requiere mucho coraje poder ver hacia adentro y hacerse cargo de lo que uno ve.

También puede resultar muy cómodo adherirse a un grupo como para no tener que preocuparte por aprender a orientarte por ti mismo.

Puede que en algún momento resulte más fácil seguir a otro porque no sabés qué rumbo tomar. Sin embargo, al hacerlo, corrés el riesgo de volverte discursivo. Si no experimentaste por ti mismo, el discurso termina siendo banal, carente de fuerza.

Porque al haber sido nutrido únicamente por un grupo, existe poca oportunidad de vivenciar por uno mismo, de recorrer el sendero de la propia apropiación de lo experimentado.

Las instituciones te incitan a creer la doctrina impuesta lo más pronto posible. Se te limita a repetir lo que otro ya dió por hecho.

Uno debe explorar una afirmación por todos los ángulos posibles. Es la única posibilidad que existe para apropiarse íntegramente de ella como para compartirla bajo tu propia lupa.

Y ojo que el apropiarte de algo no significa pensar en ello como la única verdad. Es el orgullo el que intenta convencerte de ello.

Orgullo que te sirve para aprender a defender tu punto de vista, pero que resulta nefasto si se vuelve inamovible. Por eso la apropiación debe ser desde un lugar relajado, sin recurrir a la interpretación. Pues apropiarse sin interpretación te faculta a compartir, sin necesidad de dogmatizar.

Es apenas tu punto de vista y puede servirle a alguien para orientarse, pero no para llegar a su destino.

Ahora bien, debido a la enorme fortaleza ganada, el solitario puede caer en la tentación de querer que lo sigan, abriendo un grupo que sintetice sus propios gustos y preferencias. Y con ello se puede llegar a sentir portador de la única verdad.

De repente, con seguidores, se puede volver inamovible y debido a ello, tarde o temprano sucumbe. El resto no puede seguirle el paso y termina creando dogmas incuestionables para garantizar la supervivencia del grupo.

Así es como se siembra la semilla de la auto destrucción.

La humanidad continúa recurriendo al aleccionamiento como medida para convertir al otro, en otro sí mismo. Ante la falta de creatividad para permitirnos las diferencias, queremos convencer al otro a seguir las pautas que creemos fundamentales.

Todos los “ismos” padecen del mismo mal. Inclusive el patriarcado aun cuando no lleve ningún ismo inherente.

Lo cierto es que para crecer plenamente, es necesario permitirte y permitir al otro ser quien se es. Los condicionamientos en ese caso, caen por su propio peso. Cuando estamos siendo en plenitud, deja de ser necesario ponerse de acuerdo, para pasar a habitar el respeto por la forma del otro.

¿Y cómo creamos algo en conjunto si respetamos la forma del otro?

Confiando en la facultad de cada uno para manifestar de acuerdo a sus potencialidades. Porque todos tenemos algo para dar si se nos brindan las condiciones para hacerlo. Y lo que podemos llegar a crear es infinitamente superior, si lo permitimos desde la confianza y no desde el temor a que no sea como esperamos.

Es a través de esta base que el patriarcado ya no tendrá de dónde asirse.

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From → Escritos

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